ALMA DE POETA
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Cuentos de alma libre

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Mensaje por pirata alyssa Dom Nov 15, 2015 12:03 am

La fábrica de Juan


Todos querían conocer el secreto de la fábrica de Juan. Su producción era grande y no contaba con muchos empleados. Todos se preguntaban cómo lograba producir tanto. Además, la calidad del producto era excelente. Juan, tenía una fábrica de galletitas. A pesar de ser producidas en masa, eran riquísimas. Algunos decían que tenía un ingrediente secreto que figuraba disimuladamente en el envase en donde detalla los ingredientes, otros lo atribuían a las máquinas. Lo más curioso era que nunca se veía a un empleado salir triste o quejándose de la fábrica. A pesar de todo lo que esta producía, ninguno parecía demasiado cansado o malhumorado.
Un buen día, Juan abrió la fábrica para una visita a unos periodistas. Era el aniversario de su fundación y quería compartirlo con todos. Una de las propuestas que recibió es: una recorrida por la fábrica en un día normal de trabajo. A Juan no le pareció una mala idea, pero sería sorpresa. Ningún empleado lo sabría. Ese día llegó y los periodistas empezaron el recorrido por el interior del lugar. Todos esperaban ver el informe, tal vez el secreto saldría a la luz de una vez por todas.
En el día del aniversario, un canal de la televisión local pasó el informe de los periodistas, nadie se despegaba del televisor. La nota empezó con una filmación dentro de la fábrica, se veían a las máquinas funcionar, los hornos prendidos y a los empleados trabajar. Cuando le preguntaban a algún empleado cómo se sentía trabajar allí, ellos decían: excelente. Al final del informe, parecía que era una fábrica más que tenía empleados muy efectivos y buenas maquinarias. Pero eso no era todo, Juan tenía algo preparado.
Dentro de la fábrica se celebraba la fiesta aniversario con todos los empleados y algunos invitados incluyendo a algunos periodistas. En el momento del brindis, Juan pidió decir unas palabras y dijo lo siguiente: “Este es un momento muy especial para esta familia, digo esta familia porque siento que todos aquí lo somos. Como en una familia en que cada uno cumple un rol, aquí cada uno tiene una responsabilidad a la cual la llamamos cargo. Sé que todos creen en que tengo un secreto para hacer las galletitas más ricas del lugar y en grandes cantidades, tienen razón en pensarlo. El secreto de esta fábrica es el compañerismo, el buen trato, el respeto y el gusto de trabajar. Trabajar para sentirnos útil, no como una máquina que tiene que producir determinada cantidad de producto en determinado tiempo. Todo lo contrario, si algo se disfruta se hace mucho mejor. Y en este lugar, todos disfrutan lo que hacen. Y el buen trato, desde arriba los jefes hacia abajo a los empleados es de la mejor manera posible. Ese es mi secreto, una persona feliz, tranquila y con gran autoestima puede hacer mucho más que alguien estresado, angustiado y de mal humor.
Desde ese día, todos supieron cual era el secreto de la fábrica de Juan.

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Mensaje por pirata alyssa Dom Nov 15, 2015 12:04 am

Ay, hijo mio


-Ud no podrá tener hijos Sra Rogers- fue la respuesta del Dr. Cox mientras revisaba mis exámenes. Me quedé mirándolo sin poder decir nada, un nudo en mi garganta no me dejaba hablar. Aquellas palabras con sabor a sentencia se clavaron en mi alma como un puñal. Apenas tartamudeé un gracias, y me marché rápidamente de la consulta. No podía contener mi llanto. En silencio, llorando me fui caminando por las largas calles de New York. Hacáa tanto tiempo que anhelaba ser madre, pero había tomado la decisión demasiado tarde. Había decidido primero estudiar, graduarme con honores de la universidad y conseguir un trabajo que me permitiera desarrollarme como profesional. Hasta que a mis 30 años recién cumplidos, conocí a Emilio, el hombre de mi vida, y decidí entonces que era hora ya de formar un hogar a su lado.
Emilio y yo anhelabamos tener un hijo, por eso, al ver que los meses pasaban y nada sucedía, decidimos ponernos en manos de un profesional. El Dr. Cox era uno de los médicos mas famosos en esa especialidad, y por ello acudimos a su consulta llenos de esperanzas. Después de varios examenes, había llegado a la conclusión de que ya no podría tener hijos. Mis sueños se habían desecho.
Caminé y caminé llorando en silencio por las largas calles, no me atrevía a llegar a casa, no sabía como explicarle a mi esposo lo que el médico había dicho. Pasé horas y horas pensando, mientras me dirigía hacia un pequeño parque en el centro de la ciudad. Allí me sente mirando a mi alrededor. Era víspera de Navidad, y la gente pasaba de largo, atareadas con sus compras navideñas, felices en medio de los festejos. Cuan lejos estaban de ignorar, que aquella elegante mujer que estaba sentada en un parque, estaba llorando destrozada por dentro. Para mi no habría navidad.
Una anciana de cabellos blancos como el algodon y dulces ojos azules se sentó a mi lado. Me miró a los ojos y sonriéndome me dijo:
-No llores hija, eso tambien pasará, y un milagro va a suceder.
La mire incrédula, ¿cómo aquella mujer podía saber lo que me estaba pasando?, pero en aquel momento, necesitaba hablar con alguien, desahogar mi pena, y por eso, sin importar que era una extraña, le conté mi vida, y le dije lo que el médico me habia dicho.
La anciana movió la cabeza negativamente mientras sonreía con dulzura.
-No hagas caso hija, la ciencia solo puede decir hasta donde ellos llegan, pero la última palabra la tiene Dios, y yo te aseguro que los milagros llegan a pasar. Tranquila, verás que todo se arreglará.
No sabía decir porqué, pero las palabras de aquella mujer tuvieron el efecto de calmarme. La gente pasaba por mi lado y me miraban con pena, como si yo estuviera loca, debían haberse dado cuenta del dolor que tenía yo plasmado en el rostro.
Estuve mucho rato hablando con la anciana, y luego ya más calmada me marché a casa. Al llegar, tome una decisión: no le diría a mi esposo lo que el médico me había dicho, mejor haría lo que me dijo la anciana, esperaría y tendria fe, si en un tiempo las cosas no sucedían entonces le contaría la verdad.
Emilio me miró a los ojos esperando una respuesta.
-¿Qué te dijo el médico? me preguntó esperanzado.
-Nada, que muy pronto el milagro puede suceder, que en cualquier momento sucederá, porque ya la ciencia hizo lo que tenía que hacer, ahora es solo cuestión de fe y esperar que Dios nos conceda el milagro- le dije con una sonrisa, tratando de ocultar mi propia pena.
A partir de ese momento, aunque incrédula, decidí esperar. A lo mejor un milagro sucedería.
Meses después, en medio de una reunion de mi trabajo, me sentí mareada y cai desmayada al piso. Me llevaron a urgencias y el médico después de reconocerme me dijo:
-Su desmayo es normal Sra. Rogers, debido a su estado.
-¿A mi estado? ¿cuál estado? pregunté asustada.
-Ud está embarazada- me dijo el médico sin prestar mucha atención- por eso su desmayo.
Me quedé sin poder creer lo que estaba oyendo, ¿embarazada? no podáa ser. Pero así era, el milagro había sucedido.
Meses después, nació nuestro hijo al cual le pusimos por nombre Alejandro. Nuestra felicidad no podía ser mas completa. Al fin teníamos la dicha de ser padres. Alejandro era un niño hermoso y saludable, pero cuando tenía como unos 4 años, después de un chequeo de rutina, el Dr. nos llamo para darnos la noticia.
-Alejandro está grave Sra. Rogers- me dijo con preocupación- el niño tiene un problema en los riñones y necesita un transplante urgente, y si no lo tratamos a tiempo puede morir.
Me quedé sin habla, aquello no podía ser cierto, ¿cómo era posible que Dios me diera un hijo para quitármelo de esa forma tan cruel?. Sentí que el mundo se derrumbaba para mi. Alejandro fue internado en el hospital y comenzó un duro tratamiento de diális, en espera de un donante para su riñón. Los días en el hospital eran eternos, y el sufrimiento nuestro parecía no tener fin. Las horas de vida de mi hijo estaban contadas y si no aparecía ese donante, mi pequeño moriría.
Una noche, en que el niño se puso más grave, salí del cuarto del hospital rumbo a la capilla. Quería ir alli, para gritarle a Dios, para preguntarle, exigirle, pedirle una explicación de por qué me estaba haciendo ese sufrimiento. Llena de ira y dolor fui hacia la capilla del hospital, pero antes de llegar allí, sentí una voz dulce que me llamó.
-Hola querida, ¿cómo estas?
Me volteé y allí estaba ella, era la misma anciana dulce con la que hablé aquel día en el parque cuando mis esperanzas estaban perdidas. Me quedé mirándola con incredulidad, la anciana se acercó a mi y me tomó las manos. Mis lágrimas salieron a raudales y la abracé.
-Se muere mi hijo, se muere, ¿por qué Dios me ha hecho esto? ¿Por qué me dio mi hijo para quitármelo? ¿Dónde está la justicia de Dios?.
La anciana secó mis lágrimas y moviendo la cabeza negativamente me dijo.
-Ay hija mia, otra vez vuelves a caer, vuelves a perder la fe, confiando en la ciencia y no en la palabra de Dios. Hija mía, créeme que Dios no quiere verte sufrir, como te dije aquel día en el parque, tienes que tener fe, que un milagro puede suceder.
Me senté a su lado en la capilla y juntas rezamos, yo lloraba y ella me hablaba con sus palabras llenas de ternura que me fueron llenando de consuelo. Horas después, me acompañó hasta el cuarto de mi bebe. Pero al llegar al salón de las enfermeras, vimos un corre corre de médicos que entraban y salían del cuarto de mi hijo, asustada corrí alli olvidándome de ella, una de las enfermeras se me acercó feliz.
-Sra. Rogers tenemos el donante para Alejandrito, hay que operarlo de inmediato, ha sucedido un milagro, Sra. Rogers, un milagro.
Llena de felicidad corrí hacia la entrada del waiting room donde debía esperar el resultado de la operación. La anciana se sentó a mi lado y me dijo con una sonrisa:
-Ves querida, los milagros suceden, ahora sólo hay que tener fe.
Por horas estuvo allí a mi lado, esperando el resultado de la cirugía y consolándome. Por fin, el médico salio y con una sonrisa me dijo que todo estaba bien. Mi hijo estaba fuera de peligro.
Cuando entre al cuarto y vi a mi hijito vivo, me llene de emoción, estaba feliz, segura de que Dios me había escuchado. Busqué a la anciana para darle la noticia mas no la hallé, y por más que pregunté por ella, nadie supo decirme donde estaba. Las enfermeras me aseguraban que no habían visto a nadie junto a mi en el waiting room del hospital, lo cuál me parecía increible, pues yo estaba segura que ella estaba a mi lado.
En fin, pocos dias despues mi hijo salió sano y salvo del hospital, gozando de buena salud.
Meses después, sufrí una apendicitis y tuve que ser intervenida de urgencias. En la cama del hospital mientras me recuperaba, vi la anciana, pero esta vez vestia de un traje blanco y radiaba mucha luz. La mire incrédula.
-¿Has muerto? pregunté creyendo que era un fantasma.
Ella sonrió y me dijo:
-Mi niña, mi niña querida, no me reconoces, soy tu angel de la guarda, y estoy siempre junto a ti para velarte y cuidarte, y también para demostrarte que los milagros si existen.
Y con esas palabras desapareció. Desde ese día, nunca más he dudado de que en la vida por muy dificil que sean las cosas, y muy nefastos que sean los resultados que la ciencia nos de, siempre debemos tener fe, confianza y esperar. Porque allá, en lo más remoto de un cielo está Dios, que nos envía ángeles para que nos cuiden y nos ensenen a creer en que con fe todo es posible. Los milagros existen, nunca lo olviden.
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Mensaje por pirata alyssa Dom Nov 15, 2015 12:04 am

Del otro lado de los sueños...


¿Cómo es la vida del otro lado de los sueños?- preguntó ella casi en un susurro cerca de su oído.
El tren en que viajaban corría sobre la superficie de un océano resplandecido por las estrellas que iluminaban el cielo. El se quedó mirando el reflejo de su rostro que se confundía con los destellos del mar tratando de encontrar una respuesta.
Esa noche, como todas las noches, se había dormido con la ansiada esperanza de volver a encontrarla en sus sueños y aunque el esfuerzo por no dejarse arrastrar por paisajes de la infancia y otros recuerdos era considerable, finalmente se alivió cuando escuchó el ruido acostumbrado de las ruedas metálicas sobre las vías.
Viajaban en un tren completamente iluminado, como el que veía muchas veces en su camino de regreso a casa. Y ella estaba sentada a su lado, sonriente y radiante como la recordaba en otros sueños.
-¿Cómo soy yo del otro lado de los sueños?- volvió a preguntar ella sin esperar respuesta a la primera pregunta.
- Eres distinta- respondió él. -Ya no habitas los mundos mágicos que alguna vez creamos y siento que cada día que pasa te vas alejando mas y mas en una distancia que se hace infinita. Es por eso que sigo buscándote en cada sueño porque se que aunque todo esto es pasajero, es hermoso vivirlo mientras dura porque no hay distancias de años ni de montañas entre tu reflejo y el mio.
Ella se acercó a la ventanilla y dejó que su aliento tibio empañara un pedazo del cristal. Entonces con un dedo dibujó en él un barco.
-¿Te acuerdas? - preguntó sonriente.
Su mente se extravió por calles y cerros llenándose de poesía al tiempo que también sonreía moviendo afirmativamente la cabeza.
El andén estaba desierto cuando descendieron del tren y la luz del Faro que habían construido en muchos otros sueños apenas se divisaba en medio de la niebla.
Un sonido monótono y persistente se escuchó de pronto
-No quiero despertar - suplicó él mientras caminaban presurosos hasta el Faro.
Pero ella se detuvo para sentarse en una roca de un costado del camino. Miró sus manos y tocó su rostro.
-Creo que ya estás despertando - le dijo sin dejar de sonreír- mira como empiezo a desvanecerme al igual que los caminos y todo lo que aquí hay.
El trató de retener ese lugar, tomarla de la mano y evitar que se confundiera con la niebla, pero finalmente el sonido del reloj terminó por borrar todos los caminos y apagar la luz del Faro, como ocurría inevitablemente todas las mañanas.
El día tendría que pasar con su rutina cotidiana, rápido, muy rápido hasta que nuevamente un tren iluminado irrumpiera en sus sueños...como todas las noches.

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Mensaje por pirata alyssa Dom Nov 15, 2015 12:05 am


Los arrebatos del silencio


Cumplí diez años el día que Mónica tropezó conmigo y boto el dinero que llevaba para el encargo de su abuela, lo recuerdo como si hubiera pasado horas atrás. Sus ojos cafés muy abiertos me dejaron claro lo asustada que estaba ademas de ser la niña mas hermosa que mis ojos vieron en ese cumpleaños, con dos trenzas que ataban la rebeldía de su melena. La ayude a recoger las monedas; torpemente las recibió, no dijo nada y así mismo se fue. Desde la noche de mi cumpleaños número diez Mónica hizo albergue en mi mente. Todos los días salía para verla así fuera de lejos, pero al parecer vivía castigada porque muy poco se le veía fuera de su casa, salía únicamente para cumplir con los mandados de su amargada abuela Doña Zocala y para asistir a la escuela de señoritas del pueblo. Era casi imposible tener algún tipo de contacto con ella pues cuando iba a la escuela su abuela la acompañaba, no la dejaba mirar a ningún lado y la esperaba desde una hora antes de que saliera. Cuando salía por los encargos iba corriendo y se devolvía igual pues su abuela la esperaba en la puerta. Yo la llamaba con silbiditos esperando que me premiara tan solo con una mirada pero jamás lo hizo. Así pase unos cuantos cumpleaños más, observándola desde diferentes ángulos de la calle.

Desesperado una noche sentado entre las ramas de un árbol lleno de polillas les pedí a ellas que por favor devoraran mis sentimientos por ella, pues como veía las cosas yo para ella no existía. Cruzar una mirada con Mónica era más difícil que querer olvidarla. Esa noche no me moleste por cambiarme de ropa, me tire en las sabanas desordenadas de mi habitación y al cerrar los ojos una voz me pregunto al oído “¿que estas dispuesto a dar para tener el privilegio de observarla como nadie lo pudiera hacer nunca?” entonces recordé las imágenes de ella recogiendo el dinero y de los tantos días que la perseguí para poder siquiera rozarla y nunca lograr nada, así que sin pensarlo mucho entre mis sueños respondí “ofrezco mis ojos, mis manos, mis piernas, mis pensamientos, todo” y la voz termino mi respuesta con un “así será”.

Al siguiente día mis ojos se abrieron como si fuera la primera vez para captar esa inaugural imagen del día, ella acostada de lado en su angosta cama, acurrucada y abrigada por una sabana que la cubría del frió que tal vez sintió esa noche. No entendí lo que sucedía pero era feliz de poder verla de esa manera, era hermosa, su cabello oscuro energizaba todo a su alrededor, sus parpados entre cerrados dejaban ver el color café oscuro de sus ojos y esas mejillas rosas no desentonaban en nada con sus delgados y rojos labios. Poseía la piel más suave que nadie quisiera tocar y la sonrisa más bella que nadie jamás quisiera olvidar. Se acerco a mi y yo mas emocionado que nunca sentí la necesidad inmediata de llevar mis manos hacia ella pero no controlaba ninguna parte de mi cuerpo, consternado lo intente de nuevo y en ese momento ella acaricia mi rostro y dice “buenos días pequeño Juan Martin”, le quise decir que ese no era mi nombre pero no sabia como mover mis labios. Asustado me percate que Mónica era mucho mas grande que yo y gracias al reflejo de la ventana pude ver la nueva imagen que poseía. Era un muñeco de arcilla con pelo negro hecho en lana, vestido con un pedazo de tela a cuadros remendados la cual era mi camisa y un pantalón corto color verde que tenia un cinturón pintado con marcador oscuro.

Se cumplió lo que ofrecí por estar cerca de ella, una polilla devoro mis ojos, mis manos, mis piernas convirtiéndome en el muñeco de arcilla de Mónica, no sabia si estar feliz por cumplir mí anhelado deseo o querer suicidarme por no tener vida, pero no sabía si la tenía para poder hacerlo. Después de los “buenos días”, Mónica se vistió con un par de trapos sucios y se fue, regreso en la noche con los ojitos rojos de tanto llorar, dijo en voz alta ya no tener motivos para soportar los abusos de su abuela. Ese día se entero por las comidillas del pueblo que el niño de las “mechas bonitas”, como ella lo llamaba dejaría de perseguirla y llamarla a silbidos pues su vida se la había llevado el ángel de la muerte la noche anterior sin explicación alguna, dejando solo el cuerpo extendido en la cama.

Su reacción me dejo abrumado pues yo creí que ella ni se había percatado de mi existencia, pero me equivoque pues ese niño se había convertido en su esperanza, su ilusión, su motivación para aguantar la insoportable vida que llevaba. Saco miles de dibujos donde el niño de las “mechas bonitas” era el protagonista, mis ojos querían explotar en lagrimas pues por un miedo absurdo nunca tuve el valor de liberarla de su realidad y haberla amado como ella esperaba que algún día lo hiciera, ahora ella sufría por creerme muerto sin saber que ahora el niño de las “mechas bonitas” se llamaba Juan Martin, su muñeco de arcilla.

Esa noche una polilla se paro encima de su cuerpo, lo ilumino y se lo llevo. Desde esa noche espero a esa polilla para que me saque de este cuerpo de arcilla y me lleve con ella, quien creyéndome muerto pidió morir también y acompañarme en ese lugar donde la muerte jamás me llevo.

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